Una garrapata

Mayu 20246

Teníamos reservada una visita al Cine Batalha en Porto. Un espacio cinéfilo en el centro de la ciudad desde donde se pueden ver moverse robóticamente a los turistas por las calles principales. Pese a que la cita no era a primera hora tenía cierta sensación de ensoñamiento y cansancio. La guía inició el discurso en la entrada, donde nos contó la anécdota de que durante la construcción del edificio las letras en bronce de la puerta principal fueron censuradas al pensar que CB, Cinema Batalha, significaban en realidad Comité Bolchevique. Los claveles todavía no habían llegado y eran los años cuarenta. Nos condujo posteriormente a la sala principal de proyección donde me sorprendió enormemente la distancia entre las butacas y las paredes. El cine estaba desaprovechado y podrían haber metido unas cuantas localidades más. Por mi parte, muy de acuerdo con el desaprovechado del lugar. Lo hace un espacio mucho más estético y menos sobrecargado. Comencé a palparme instintivamente la cabeza por la parte trasera de la oreja izquierda. Noté un pequeño bulto y un resquemor leve a su alrededor. Al otro lado, detrás de la oreja derecha, tenía desde el día anterior un grano que me molestaba algo más que el nuevo cuerpo extraño localizado en el ala oeste. Extrañado, comencé a asociar ambos elementos con otro tercer cuerpo, no tan extraño, que mi pareja había encontrado hacía cuatro días en mi cráneo: una garrapata oronda y bien alimentada. Estaba paseando por el cuero cabelludo después de llevar varias jornadas sustrayéndome la sangre. Con el fondo de la historia del Batalha contada de forma muy amena por la guía portuguesa me di cuenta de que esos bultos no eran granos, sino ganglios inflamados. El resto de la visita la pasé disociado del espacio cinematográfico y asociando todo tipo de enfermedades, dolores y malestares con aquella garrapata que ahora se encontraba en una pequeña cajita de plástico en el suelo de la habitación dentro de una bolsa de plástico reciclable de la cadena de supermercados Pingo Doce. En su momento, consideramos bien guardarla por si mi cuerpo reaccionaba de alguna forma a la transfusión de fluidos que habíamos tenido. Así fue. 

Como nunca pasa nada no tenía en mi cartera la tarjeta sanitaria europea. Ni tan siquiera estaba seguro de tenerla en algún lado. Internet nos cuenta que existe un documento provisional que puedes descargar con el certificado electrónico. Intenté hacerlo con mi teléfono móvil. A consecuencia del modelo, que a nivel generacional le correspondería ser octabuelo del último smartphone, no pude descargar el documento sustitutorio de la tarjeta sanitaria. Decidimos acercarnos a la frontera gallega y acudir al ambulatorio de Tui. Aunque la tirantez del cuello causada por los ganglios no era para nada urgente, asumimos que era mejor malgastar el sábado en tareas garrapatiles y así no interrumpir los días laborables de entre semana. 

Una hora después aparcamos frente al centro de salud de la localidad fronteriza. Desde el coche pude ver un grupo de gente objetivamente contemporánea frente a un espacio con algún cartel y unas sillas festivaleras. “Mira, una reunión de modernos” le dije a mi compañera. Me fijé un poco más en los carteles y me percaté de que se trataba de un festival de cine que conocía y sabía que se estaba celebrando. Mi compañera me contestó “modernos como tú”. La prioridad del viaje se convirtió en mi segunda opción y me tenté a pasarme primero por el festival y después por el ambulatorio. Mi compañera, poniendo coherencia, ordenó las prioridades y entramos por Urgencias. Allí vi a un hombre apoyado en la pared sosteniendo la lumbar con su mano derecha. Me sentí incómodo al estar compartiendo servicios de urgencia, con mi garrapata metida en la chaqueta, junto aquel medio gallego medio portugués claramente afectado por el dolor. En el mostrador expliqué el caso y les indiqué que traía conmigo al insecto en cuestión. Una joven que estaba de prácticas se sorprendió enormemente y traté de tranquilizarla explicando que estaba dentro de una caja. ¿Acaso pensaba que la llevaba atrapada en la mano desde hacía cuatro días como si fuera una mosca cogida al vuelo? Esperamos en la sala de espera y aproveché para consultar la programación del festival en el móvil. Tras la consulta médica me derivaron al Hospital Álvaro Cunqueiro de Vigo para hacer unos análisis y con ello curarse en salud a la hora de hacer el diagnóstico.

Salimos del centro médico y nos dirigimos al espacio de los modernos ya que varios conocidos estaban pululando por allí según había visto en la página web. Tomamos una cerveza mientras esperamos que acabara la proyección que se estaba realizando. En ese momento me llamaron del ambulatorio para decirme que había olvidado la bolsa de tela en la que llevaba la cartera, un jersey, unas almendras y una cantimplora. Como había pagado mi compañera, no eché en falta el efectivo. Al acabar la película nos fuimos encontrando con gente. Les conté la casualidad de haber encontrado el festival y la razón de estar allí. Les enseñé también la fotografía que tenía de la garrapata del día que la encontramos en mi cabeza. Sale bien lustrosa y de color verde. La imagen provocaba el mismo nivel de rechazo que de curiosidad. Posteriormente, agitaba mi chaqueta de forma irónica para mover el bolsillo derecho que está a la altura del pecho. En él se encontraba el ácaro hematófaro ya cadavérico y sólido. Esto último provocaba que emitiera pequeños golpes de sonido al chocar con su ataúd de plástico. Coincidí con la cineasta Xiana do Teixeiro, que estrenaba esa noche su nueva película en Galicia y había tenido la oportunidad de verla hacía una semana en otro festival. Le enseñé la performance sonora y me contestó “pobriña”. En ese momento comencé a sentir cierta empatía con el arácnido que había provocado que la mañana del sábado tomara un rumbo para nada supuesto. Me comenta que hay un ensayo escrito sobre las garrapatas de un autor que ahora no recuerdo. Como sé que nos tenemos que ir al hospital me voy despidiendo rápidamente para que me de tiempo a pasar por un pequeño puesto de libros que tiene el festival. Trato de buscar algo para entretenerme en la sala de espera durante las próximas horas y, al no encontrar nada vinculado con los ácaros y la cinematografía, compro Historias de España. De qué hablamos cuando hablamos de cine español de Santos Zunzunegui. Había sido profesor mío en la universidad y guardo buen recuerdo de sus clases. Al disponerme a pagar me doy cuenta que había vuelto a olvidar la bolsa de tela, en este caso en la terraza del bar. Acuso a un ligero estado febril provocado por la sintomatología la razón de ser de los despistes. 

Llegamos a Vigo, tras sumar 20 minutos más de distancia con nuestro punto de partida en Porto. Accedemos de nuevo por Urgencias y veo nuevos ejemplos más urgentes que el mío. Cuento por tercera vez el caso y entramos en la sala de espera. Me llamaban al poco tiempo y me despido de mi compañera. Accedo solo y posteriormente averiguo que podríamos haber entrado juntos. Me mandan seguir una línea verde, le pregunto cuál es la verde ya que desconfío de mi daltonismo y temo que me lleve por otro camino hacia una operación a vida o muerte. Me dicen que solo hay una línea. Mejor. Entro en una nueva sala de espera, tomo sitio y comienzo a leer las vetas del cine español. Entretanto observo los otros pacientes con los que comparto espera. Hay una enfermera o médica en silla de ruedas que identifico por su atuendo blanco hospitalario. Cada poco vienen a verla sus compañeras y me voy enterando que se ha enredado con un cable y caído de espaldas. Tiene el brazo en cabestrillo y se queja del dolor. Unos cuarenta y cinco minutos después por un altavoz ensordecedor dicen mi nombre y la sala a la que tengo que ir. Me levanto y cuento por cuarta vez el caso de la garrapata y los ganglios. Me dice que enviarán el cuerpo ya inerte del ixodoideo al laboratorio así que saco del bolsillo derecho de mi chaqueta la bolsa de la frutería del supermercado lusitano y de ella una caja de plástico trasparente que había servido para guardar tapones de los oídos. El festival en el que había estado la semana anterior lo pasé durmiendo con un compañero que, aunque lo niega, ronca por las noches y yo soy muy sensible para los sonidos nocturnos humanos. Le entrego la caja a la enfermera como quien entrega un familiar en el tanatorio. La abre y vuelca el cuerpo en un tarro de pruebas de orina y heces. La garrapata estaba amarillenta y su rigidez volvía a provocar pequeños golpes al chocarse. Me devuelve el diminuto féretro y con algunas dudas sobre qué hacer con él, lo vuelvo a guardar en el bolsillo. 

Retorno a la sala de espera hasta que me llamen de nuevo. Leo los capítulos que más me interesan del libro: los dedicados a Víctor Erice y a Pedro Almodovar. Por el rabillo del ojo veo que llega una mujer sola que ronda la edad de mi madre. Aparentemente no se le ve ninguna dolencia, en otros sujetos hay heridas, vendas o hinchazones. Sin embargo, hay algo en su forma de moverse y de mirar que justifica mucho más su estancia en urgencias que la mía. La enfermera o médica que había sufrido la caída ya tiene diagnóstico. Le cuenta a otra compañera que se ha roto la muñeca, el radio, el cúbito y añade un término que no había escuchado nunca: estiloides distal. Como son trabajadoras del gremio no se sorprenden por ello ni hacen ningún comentario ante ese morfema que a mí me resulta tan exótico y con tanta eufonía. 

El altavoz vuelve a gritar mi nombre una hora después. Me levanto inquieto, sé que me van a extraer sangre y no tengo muy buena relación con las agujas. Me siento en un camilla y me mandan levantar el jersey del brazo que prefiera. Lo hago del izquierdo por si la cosa se complica y así no correr el riesgo de perder la extremidad derecha, que la uso más. Cuando se acerca la enfermera me dice que me va a pinchar en la mano y que al tener un reloj de muñeca lo hará en la derecha. Todo esto intensifica mis nervios. Pienso que debería haber quitado el jersey ya que empiezo a tener demasiado calor. Había decidido no quitarlo porque como me quedaba un poco pequeño hacía que me apretase. Supuse que las venas estarían más marcadas ayudando esto a que el proceso fuera más rápido. Hay dos enfermeras: una me apuñala y la otra deambula y me mira de reojo. Sabe perfectamente que me estoy poniendo blanco. La que me apuñala me dice que suelte aire y poco a poco noto como el pincho atraviesa mi piel. Bien, ya estaba trinchado y no me había desmayado. Dice algo que no recuerdo pero que indicaba que las cosas no iban bien, la sangre no fluía o cosas similares. ¿La habría sustraído toda la garrapata? La sanitaria hace unos movimientos con la aguja y me dice que tiene que atravesarme otra vez pero con un pincho más grande. En ese momento me doy por vencido y asumo que en pocos instantes me voy a desmayar. Me da la indicación de soltar aire de nuevo y noto un nuevo pinchazo de un grosor enorme, o así lo siento. El calor me hace sudar por la frente y la mirada comienza a nublárseme por los laterales. Me echo, más bien me dejo caer, y en postura horizontal parece que me estabiliza el riego sanguíneo. Les pido agua pero me dicen que no pueden dármela. Tras un tiempo, no sé cuánto, poco, vuelvo a la sala de espera. 

El lugar me recuerda en cierta manera a los aeropuertos: gente esperando para tomar un viaje, en este caso entre el dolor y el bienestar. Tienen también estas salas cierto tinte de no lugar. Me acuerdo de los aeropuertos porque es uno de los pocos sitios colectivos en los que leo. Aquí también hay más gente leyendo: una niña pequeña. El resto de pacientes del hospital se entretienen con el móvil o mirando a la nada. La mujer que debe tener la edad de mi madre sale de una consulta y ahora lleva puesta la bata de hospital. Sus pertenencias las lleva en una bolsa de basura con el logo del Servicio Gallego de Salud. Como si no valieran nada y quisiera deshacerse de su documentación, su ropa y su dinero. De igual manera que había hecho yo antes de forma inconsciente olvidando mi bolsa de tela en el ambulatorio y en la terraza del bar.

Me recupero poco a poco del síncope. Aunque apenas puedo mover la mano derecha ya que al hacerlo todavía noto la aguja incrustada en mi mano y esto podría provocar un nuevo desvaído. Me agobia pensar que no aguantaría sin desmayarme ninguno de los casos que veo a mi alrededor. Me crea ansiedad pensar que en algún momento tendré que enfrentarme a un caso clínico más serio que la mordedura de una garrapata y no poder avanzar de manera consciente más allá de un análisis de sangre. A causa de su vejez mi teléfono móvil sufre también de tener poca energía y le queda menos de un 10% de batería. Cojo el bolígrafo con el que estoy subrayando algunos párrafos del libro y apunto en la palma mi mano derecha, con la caligrafía que me permite mi mano derecha prácticamente apuñada por la enfermera, el número de teléfono de mi compañera. Aunque recuerdo tener en la cartera una nota con su nombre y su móvil pienso que, si me vuelvo a desmayar y el móvil se queda sin batería, los servicios médicos podrían llegar a pensar que esa nota sospechosa en mi billetera era el teléfono de un amante y por prudencia, no llamarían. En fin, que dejo esa seña de rescate en mi cuerpo ante cualquier problema. Mientras tanto, la mujer que acompaña a la niña lectora le hace una fotografía sin que se de cuenta y la envía por WhatsApp.

Tras un par de horas escucho la última llamada por el altavoz. Mientras me voy levantando pasan por mi cabeza los posibles diagnósticos de la situación: la garrapata estaba enferma de un virus extraño que desconocen; la garrapata había mordido a un animal con la enfermedad de Lyme; mi cuerpo está actuando de forma extraña y tendrán que hacerme más pruebas; hay un ataque directo del arácnido a mi sistema inmune, etc. No acierto con ninguna de ellas y la médica me dice que está todo correcto a falta de unos resultados que me harán llegar en en unos días. Al salir aviso con el 5% de batería restante a mi compañera. Nos acercamos a una farmacia de guardia para comprar los antibióticos que por precaución me habían recetado. Insisto en poner a los Delincuentes para poder cantar eso de “¡garrapatero!” mientras reanudamos el camino a Porto.